El Corazón de María, Madre del Dios Redentor –

El Corazón de María, Madre del Dios Redentor –

Para la Iglesia el Corazón de María es, ante todo, el Corazón de la Madre de su Salvador; el origen y el co-principio, en dependencia del Espíritu Santo, del Corazón de Jesús.
Hay teólogos – que además son místicos – que rivalizan a porfía para afirmarlo. Escuchemos a San Francisco de Borja: “María concibió al Hijo de Dios en su espíritu por la fe; en su corazón por el amor; y en su carne y en sus entrañas revistiéndole de esta carne para nuestra Redención”36. Recogiendo con mayor claridad el sentido físico y corporal, y no solamente el sentido simbólico de la palabra “corazón”, San Juan Eudes escribiría un siglo más tarde: “… Este Corazón que no solamente es el principio de la vida del Niño Jesús, sino que además es el origen de la sangre virginal de la que su humanidad sagrada fue formada en las entrañas de su Madre; (…) este Corazón que es la parte más noble y la más venerable de este cuerpo virginal, que dotó de un cuerpo al Verbo eterno;  este Corazón principio de la vida de nuestra Cabeza es, por consecuencia, principio de la vida de sus miembros”37.

Estas expresiones tan claras, hacen explícito lo que estaba implícito desde hacía largo tiempo en el pensamiento de la Iglesia sobre la maternidad divina. Aunque San Agustín había dicho ya con toda claridad que aquella era, inseparablemente, una unión física y moral38 las declaraciones del concilio de Éfeso  parecen resaltar sólo el aspecto físico del misterio: “ María es Madre de Dios porque ella “engendró según la carne al Verbo de Dios hecho carne”39. Es cierto que el Occidente estuvo poco representado, numéricamente hablando, en este  Concilio. La importancia decisiva de Vaticano II, desde ese punto de vista ¿no ha sido la de integrar en una Constitución Dogmática de la Iglesia lo que los teólogos modernos, inspirados por Scheeben, llamaron el “concepto integral de la maternidad divina”, percibida como una relación ontológica del hecho de la maternidad física, sino además como una relación moral de amor y de entrega al Verbo?40 ¿No es lo que resulta de este texto, elegido entre muchos otros: “Maria quæ, Angelo nuntiante, Verbum Dei corde et corpore suscepit ”?  Éfeso se limitó a anatematizar a los negadores de la maternidad divina y a afirmar aquella según la carne, sin profundizar su naturaleza o su condición, ni el rol de la libertad de María en la realización del Misterio de la Encarnación; pero, por designios de Dios,  correspondió a  Vaticano II el presentarnos una visión de la maternidad divina más completa, más equilibrada y más en armonía con el interés moderno por la subjetividad y por la libertad. Hay ahí un indiscutible progreso doctrinal poco advertido, que explicaría, al menos parcialmente la herejía protestante, negadora de todo rol activo de María en el Misterio de la Encarnación 41. Entre  Éfeso y Vaticano II hay un Lutero, un Calvino y un Barth42-43.

Si el mundo protestante regresara hoy día a San Agustín, del que se proclamaban discípulos Calvino y Lutero, ¿no descubrirían con el Doctor de la Gracia que “Maria Christi carnem fide concipit”44 y que, por consecuencia, el Corazón de María tuvo un rol decisivo en la salvación de la humanidad? Escuchemos a René Laurentin comentarnos, bastante bien, ese texto: “La maternidad divina  es preparada por la fe de María; propuesta a su fe, se realiza en virtud de un consentimiento que es un acto de fe. Este acto de fe perfecta, consumado por la caridad, es meritorio”45.
Aunque el Oriente cristiano no haya ignorado completamente este rol de la libertad amante y el de la fe de María – pensamos, por ejemplo, en San Juan Damasceno46 – en el momento de la Encarnación, hay que reconocer que la teología occidental, desarrollando el pensamiento de San Agustín, la profundizó de una manera singular. ¿No alcanzó la cumbre con la interpretación  de la respuesta de María al Ángel Gabriel que nos legara San Roberto Belarmino: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”? El doctor jesuita vio, en efecto, como lo he explicado largamente en otra parte47, a la vez un consentimiento obediente a la gracia, una opción y una decisión libre, un deseo y una oración : “opto et peto ut fiat mihi secundum verbum tuum”; “ipsa elegit fieri Mater Dei”.

Se podría decir, también, que es mediante esta respuesta y en ese preciso instante que el Corazón de María se convirtió en el  Corazón de la Madre de Dios y de la Iglesia; corazón de la Iglesia que ella  lleva en sí. “Teniendo a Jesús en su seno, María llevaba también a todos los que estaban contenidos en la vida del Salvador. Todos nosotros, que estamos unidos a Cristo debemos decirnos originarios del seno de la Virgen”, escribía san Pío X48. En un estilo más riguroso, y no sin abrir otras perspectivas netamente corredentoras, Vaticano II comentaría así el “Ecce ancilla Domini”: María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al  abrazar de todo corazón (pleno corde) y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente”49. La obra del Hijo es, evidentemente, la Iglesia. María servidora y madre “doulè kai métèr”, como bien decía San Juan Damasceno50 no lo es sólo respecto de Cristo sino también respecto de la Iglesia. La Iglesia que por voz de Pablo VI proclamó que María es su Madre, proclama también, en el texto que comentamos de Lumen Gentium, que la Reina del mundo se hizo servidora para el triunfo de la obra redentora de Jesús. Ninguna contradicción: ¿no es la maternidad servicio y esclavitud de amor? ¿Una madre no se pone voluntariamente al servicio de sus hijos? ¿no se hace esclava de su salud?. Servidora del Redentor, María se puso necesariamente al servicio de sus hijos, redimidos por Él, como una esclava de amor.51
Vaticano II asocia estrechamente la maternidad divina y la consideración de la obra redentora de Cristo. Los textos que antes citamos, como los que citaremos luego, nos alientan a decir junto al padre de Broglie: el primer principio de la mariología católica es que “María, lejos de ser solamente Madre de un Dios Redentor, y lo que es más, de un Dios redentor venido entre nosotros para asociarnos a todos (comenzando por su misma Madre) a sus renunciamientos salvadores”52.

Esta fómula  -nos parece a nosotros- resume mejor que otras la idea fundamental del capítulo VIII de Lumen Gentium. María no es solamente la Madre de Cristo según la carne, sino además la Madre del Redentor como tal.

Si a primera vista, pareciera que Vaticano II no dice mucho del Corazón de María, nuestro examen textual nos ha mostrado ya que se trata de una mera apariencia: la Constitución conciliar subraya en realidad que es el Corazón de María (en todos los sentidos que engloba el término corazón) que acoge y da al mundo al Verbo redentor: “Maria Mater Dei et Redemptoris, corde et corpore Verbum Dei suscepit et vitam mundo protulit”53. Y precisa además que se trata del Corazón de María inmaculado: “pleno corde et nullo retardata peccato”54.

Fue justamente porque María aceptó libremente ser la Madre de Dios Salvador, en un acto de puro amor por Dios y por la humanidad -que ratifica y prolonga su primer acto de libertad- que su Corazón virginal se convierte, en el momento de la Encarnación, el Corazón de la Iglesia redimida (cf Ef 5, 23), concebida en este Corazón virginal por aquel (acto) bajo la acción del Espíritu, esposo invisible de María. Desde la Anunciación, aceptada y consentida, el Corazón de María es el Corazón inmaculado de la Iglesia inmaculada compuesta de miembros maculados55; es el Corazón de la Madre, de la Reina y de la Servidora de la Iglesia. Antes inclusive que la misma Iglesia, concebida por el Corazón de María, naciera  de ella y de sus lágrimas al mismo tiempo que del Corazón herido del  Redentor (de ambos) clavado en la cruz.

Scheeben expresó con una incomparable profundidad el misterio redentor y eclesial de la Anunciación al escribir: “El lugar de María encuentra una analogía perfecta en el corazón humano. La cabeza, en efecto, es nutrida por el corazón mediante la sangre; le debe, entonces, su existencia material. Recíprocamente, la cabeza comunica el espíritu vital al corazón a través de los nervios haciendo posible que realice su labor”56. Cristo como Dios creador de María y (como) cabeza suya, le debe sin embargo su existencia humana, y le da más abundantemente que cualquier otra persona creada, la abundante efusión de su espíritu, alma de la Iglesia. El Verbo  de la bondad divina57 asume un corazón gracias a la generosidad que él mismo deposita en el corazón amante de María. En el Cuerpo místico de Jesús, María – Madre de la Cabeza – es el Corazón.

En su encíclica Redemptoris Mater, Juan Pablo II exalta (§ 7) el lugar único de María en “el eterno plan divino de salvación, eternamente ligado a Cristo”. Incluyendo a toda la humanidad “reserva un lugar único a la mujer que es Madre de Aquél a quien el Padre confió la obra de la salvación”.

Más adelante el Papa precisa  a la luz de la teología de los dos Adanes: “en el designio salvífico de la Trinidad, el misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento supremo de la promesa hecha por Dios a los hombres después del pecado original, cuyos efectos pesan sobre la historia del hombre (cf Gn 3, 15). La victoria del hijo de la Mujer no se realizará sin un duro combate (“el linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente”) que debe colmar la historia humana. María, Madre del Verbo encarnado, se encuentra situada en el centro mismo de esta hostilidad; de la lucha que marca la historia de la humanidad sobre la tierra y de la misma historia de la salvación. Ella lleva en sí, como persona distinta entre los humanos, la “gloria de la gracia”, y esta gracia determina la grandeza de la bondad extraordinaria de todo su ser. De esta manera María permanece,  delante de toda la humanidad como signo inmutable e intangible de la elección divina (Ef. 1, 4-5). Hay en esta elección más poder que en toda la experiencia del mal y del pecado; que en toda esta hostilidad de  que está marcada la historia del hombre”( § 10).

Para María, ser Madre del Salvador es, pues, una lucha contra el pecado por amor a la humanidad. El Corazón de María no es de ninguna manera un corazón dulzón, sino el corazón de una Mujer victoriosa que participa por amor del odio de su Hijo por el pecado; contra nuestros pecados; contra mi pecado. Para ella aceptar el plan divino es ofrecerse para la lucha, para las pruebas, para el sufrimiento; a la alegría de poder cooperar de esta manera con la salvación eterna de sus hermanos y hermanas.

El Misal Mariano, en el prefacio de la misa votiva de Santa María, Madre de Dios, transforma estas convicciones en alabanzas:

“Por un misterio admirable e inefable,

María, la Virgen Santa, concibió a tu Hijo único,

llevó en su seno al Señor del universo,

permaneciendo Virgen después del parto.

Ella está doblemente colmada de alegría,

porque se maravilla de concebir en su virginidad,

y se regocija de dar al mundo

al Redentor”

El Corazón de María saca de la contemplación de su propia maternidad divina, de su virginidad inviolada y del Señorío de su hijo, una alegría que se acrecienta sin cesar, al punto de devenir “la causa de nuestra alegría”, incesantemente incrementada

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