Si en el orden de la intención divina, lo primero y primordial es la destinación de María a ser Madre de Dios, en la ejecución temporal de esos designios de la economía de Dios, el primer momento corresponde a la Concepción Inmaculada de María.

Consiste este singular privilegio de Nuestra Señora en haber sido excluida por especial bondad de Dios, y en previsión de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, de la común suerte de los hijos de Adán que, después del pecado de este, que llamamos pecado original nacen todos privados de la gracia de Dios.

María fue, pues, redimida, pero de una manera especialísima: si nosotros somos salvados del pecado después de haber incurrido en él, la Virgen Santísima fue preservada de caer en el mismo pecado. Como hija de Adán tenía que correr esta misma suerte que nosotros, pero, como quiera que estaba destinada desde toda la eternidad a ser el Tabernáculo en el que estaría encerrado el Verbo antes de nacer en carne humana, y la Casa de Dios, según estaba escrito, debe ser siempre santa, era necesario que desde el primer instante de su existencia, desde la misma concepción, fuera “digna mansión del Hijo de Dios”.

El ángel Gabriel dijo a la Virgen: ” Llena de Gracia”.

Mas para que esta salutación, pronunciada en nombre de Dios, suma Verdad, fuera verdadera en todo momento y en toda su extensión, era preciso que en todo momento estuviera María inmune de culpa original, puesto que la plenitud de gracia exige carencia total y absoluta de todo lo que es pecado. La Iglesia ha Visto también siempre en el misterio de la Concepción Inmaculada de María la verificación plena del anuncio hecho por Dios en el Paraíso:

“Yo pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza mientras tú te abalances a su calcañal” ( Gén 3, l5

La iconografía cristiana nos da un dato elocuente de la convicción del pueblo creyente de este privilegio singular de la Virgen, al presentar tan insistentemente la imagen de Nuestra Señora pisoteando una serpiente que a su vez trata de retorcerse y morderle el talón.

La Concepción Inmaculada de María es para los católicos un dogma de fe, definido el 8 de diciembre de l854 por Su Santidad el Papa Pío IX con estas palabras: “Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles “.

Este privilegio de la Virgen era ya tenido por cierto en la Iglesia desde la más remota antigüedad, bien sea en la fe implícita de los primeros siglos, de la que dan testimonio San Efrén, Siro, San Ambrosio, San Agustín, etc., como en la fe explícitamente confesada antes del siglo XI con innumerables testimonios de los Padres de la Iglesia y demás escritores eclesiásticos que exaltan la pureza virginal de la Madre de Dios.

Un reflejo de esta fe era la fiesta de la Concepción de la Bienaventurada Virgen, celebrada ya en el siglo VIII en Oriente