LA ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
(Ángelus del 9-IX-07)

Queridos hermanos y hermanas: (…)

En la homilía he tratado de decir algo sobre el sentido del domingo y sobre el pasaje evangélico de hoy, y creo que esto nos ha llevado a descubrir que el amor de Dios, que «se perdió a sí mismo» por nosotros entregándose a nosotros, nos da la libertad interior para «perder» nuestra vida, para encontrar de este modo la vida verdadera.

La participación en este amor dio a María la fuerza para su «sí» sin reservas. Ante el amor respetuoso y delicado de Dios, que para la realización de su proyecto de salvación espera la colaboración libre de su criatura, la Virgen superó toda vacilación y, con vistas a ese proyecto grande e inaudito, se puso confiadamente en sus manos. Plenamente disponible, totalmente abierta en lo íntimo de su alma y libre de sí, permitió a Dios colmarla con su Amor, con el Espíritu Santo. Así María, la mujer sencilla, pudo recibir en sí misma al Hijo de Dios y dar al mundo el Salvador que se había donado a ella.

También a nosotros, en la celebración eucarística, se nos ha donado hoy el Hijo de Dios. Quien ha recibido la Comunión lleva ahora en sí de un modo particular al Señor resucitado. Como María lo llevó en su seno -un ser humano pequeño, inerme y totalmente dependiente del amor de la madre-, así Jesucristo, bajo la especie del pan, se ha entregado a nosotros, queridos hermanos y hermanas. Amemos a este Jesús que se pone totalmente en nuestras manos. Amémoslo como lo amó María. Y llevémoslo a los hombres como María lo llevó a Isabel, suscitando alegría y gozo. La Virgen dio al Verbo de Dios un cuerpo humano, para que pudiera entrar en el mundo. Demos también nosotros nuestro cuerpo al Señor, hagamos que nuestro cuerpo sea cada vez más un instrumento del amor de Dios, un templo del Espíritu Santo. Llevemos el domingo con su Don inmenso al mundo.

Pidamos a María que nos enseñe a ser, como ella, libres de nosotros mismos, para encontrar en la disponibilidad a Dios nuestra verdadera libertad, la verdadera vida y la alegría auténtica y duradera.

[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 21-IX-07]