Veneración: Honor que se da a los santos. Ellos, en virtud a su unión con Dios en el cielo, interceden por nosotros en la tierra, nos dan ejemplo y pueden ministrarnos las gracias de Dios. Ellos nos guían en el camino a la santidad, ayudándonos a crecer en virtud.

La veneración a los santos no detrae de la gloria que damos a Dios porque todos los bienes que ellos poseen los han recibido como regalo de Dios. Ellos sólo reflejan las perfecciones divinas y reciben sus cualidades sobrenaturales de los méritos que Cristo ganó en la Cruz.

En el lenguaje de la liturgia de la Iglesia, los santos se veneran como santuarios de la Trinidad, como hijos adoptados del Padre, hermanos de Cristo, fieles miembros del Cuerpo Místico y templos del Espíritu Santo.  Si bien Jesús exigió que se honre el Templo porque es la casa de Dios, cuanto más los santos que son templos vivos del mismo Dios.

La veneración a las imágenes y reliquias se dirige a Cristo y a los santos que ellas representan.

Si somos de Cristo somos miembros de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Cristo es la cabeza del Cuerpo y cada miembro es venerado en relación a su lugar en el Cuerpo. La veneración a los santos (Griego Dulia, “servicio de veneración”) y a María (Griego Hiperdulia, “más que veneración”) se distingue de la adoración que sólo se le entrega a Dios (Griego Latria). 

El honor a los santos es honor a Dios ya que encuentra su finalidad en Dios, quien los creó y cuyos dones y virtudes los santos expresan. El hombre debe alabar a Dios por la creación. Pues bien, los santos de Dios, más que otros seres, expresan la gloria de Dios. Los santos reflejan los méritos del mismo Cristo y los efectos del Espíritu Santificador que El envía.

María Santísima y los santos, por su intercesión y su ejemplo, frutos de su unión con Dios en el cielo, ministran la santificación de los fieles en la tierra, ayudándoles a crecer en virtud cristiana (ver: mediación) La veneración a los santos en ningún modo detrae o compite con la gloria dada a Dios, ya que de El procede todo el bien que ellos poseen. Los santos reflejan las perfecciones divinas y sus cualidades sobrenaturales son gracias que recibieron por los méritos de Cristo ganados en la Cruz. En la liturgia de la Iglesia, los santos son venerados como santuarios de la Trinidad, hijos adoptivos del Padre, hermanos de Cristo, fieles miembros de Su Cuerpo Místico y templos del Espíritu Santo.