ASOCIADA AL MISTERIO DE LA POBREZA DEL HIJO

Son muy numerosos los textos en que presenta Francisco a la Virgen pobrecita compartiendo con Jesús la condición de los pobres, en conformidad con la opción hecha por el Hijo de Dios desde la Encarnación:

«Siendo rico (2Cor 8, 9), quiso él por encima de todo elegir la pobreza en este mundo, juntamente con la beatísima Virgen María, su Madre» (2CtaF 5; cf. OfP 15,7).

«Recuerden los hermanos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo y omnipotente…, fue pobre y huésped, y vivió de limosna, tanto él como la bienaventurada Virgen y sus discípulos».[6]

Esta motivación la repetía para animar a los hermanos que se avergonzaban de ir pidiendo limosna:

«Carísimos hermanos, no os avergoncéis de salir por la limosna, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo. A ejemplo suyo y de su Madre santísima hemos escogido el camino de una pobreza verdadera» (LP 51).

Como hemos visto, era sobre todo el misterio del Nacimiento el que más le hablaba de la situación en que se halló la Virgen por falta de lo necesario:

«No recordaba sin lágrimas la penuria en que se vio aquel día [el de Navidad] la Virgen pobrecita. Sucedió que una vez, al sentarse para comer, un hermano hizo mención de la pobreza de la bienaventurada Virgen y de Cristo su hijo. Se levantó al momento de la mesa, estalló en sollozos y, bañado en lágrimas, terminó de comer el pan sobre la desnuda tierra. De ahí que llamase a la pobreza virtud regia, porque brilló con tanto esplendor en el Rey y en la Reina» (2 Cel 200).

Enseñaba a saber descubrir en cada necesitado, no sólo al Cristo pobre, sino también a su Madre pobre:

«En cada pobre reconocía al Hijo de la Señora pobre y llevaba desnudo en el corazón a aquel que ella había llevado desnudo en sus brazos» (2 Cel 83).

«Hermano, cuando ves a un pobre -decía-, se te pone delante el espejo del Señor y de su Madre pobre» (2 Cel 85).

De modo especial menciona la pobreza de María al proponer el compromiso de la pobreza evangélica a Clara y las hermanas, y así escribe en el testamento dictado para ellas:

«Yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin. Y os ruego a vosotras, señoras mías, y os recomiendo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza» (UltVol 1-2).

Por su parte, santa Clara se identificó de lleno con esa manera de ver la pobreza evangélica, como aparece en su Regla y en su Testamento. El cardenal protector, Rinaldo, escribió en la aprobación de la Regla: «Siguiendo las huellas de Cristo y de su santísima Madre, habéis elegido vivir… en pobreza suma». En el texto de la Regla se hace mención expresa cuatro veces de la pobreza de Cristo y de su santísima Madre, aun en aquellos lugares en que san Francisco, en su Regla, habla sólo de la de Cristo:

«Y, por amor del santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en un pesebre (cf. Lc 2,7.12) y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto que se vistan siempre de vestidos viles» (RCl 2,25).

«Y, a fin de que jamás nos separásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco las que habían de venir después de nosotras, poco antes de su muerte el bienaventurado Francisco nos escribió de nuevo su última voluntad, con estas palabras: “Yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin”» (RCl 6,6-7).

«Ésta es la celsitud de la altísima pobreza… Sea ésta vuestra porción… Adheríos a ella totalmente, amadísimas hermanas, y, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo» (RCl 8,4-6).

«… a fin de que, sumisas y sujetas siempre a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica (cf. Col 1, 23), observemos perpetuamente la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y el santo Evangelio que firmemente hemos prometido» (RCl 12,13).

En su Testamento, santa Clara indica como compromiso fundamental «la pobreza y la humildad de Cristo y de la gloriosa Virgen María su Madre» (TestCl 46-47). Y también ella, en su primera carta a santa Inés de Praga, contempla la misión maternal de María marcada con la pobreza en el punto mismo de la Encarnación:

«Si, pues, tal y tan gran señor, descendiendo al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo hecho despreciable, indigente y pobre, a fin de que los hombres… llegaran a ser ricos…, regocijaos y alegraos grandemente… una vez que habéis preferido el desprecio del mundo a los honores, la pobreza a las riquezas…, y os habéis hecho merecedora de ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Padre altísimo y de la gloriosa Virgen» (1CtaCl 19-24).

Así escribe en la primera carta a Inés de Praga; y en la tercera, siempre en el contexto del anonadamiento de la Encarnación, le dice:

«Llégate a esta dulcísima Madre, que engendró un Hijo que los cielos no podían contener, pero ella lo acogió en el estrecho claustro de su vientre sagrado y lo llevó en su seno virginal» (3CtaCl 18-19).

El biógrafo de la santa recuerda las fervorosas exhortaciones que hacía ella a las hermanas, presentando como ejemplo Belén:

«Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su comunidad sería agradable a Dios cuando viviera rebosante de pobreza, y que perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre» (LCl 14).