MARIA, MIEMBRO SUPEREMINENTE DE LA IGLESIA
Catequesis de S.S. Juan Pablo II, 30 de julio de 1997
Síntesis

El Concilio Vaticano II presenta a María “como miembro de la Iglesia” de un modo “supereminente y del todo singular”. “María es figura, modelo y Madre de la Iglesia”.


Madre del Hijo Unigénito de Dios, María es Madre de la Comunidad que constituye el Cuerpo Místico de Cristo y acompaña sus primeros pasos”.

María, como miembro de la Iglesia, pone al servicio de los hermanos su santidad personal, fruto de la gracia de Dios y de su fiel cooperación. La Inmaculada constituye para todos los cristianos un válido apoyo en la lucha contra el pecado, y un aliento perenne a vivir como redimidos por Cristo, santificados por el Espíritu e hijos del Padre.

(El Espíritu Santo que recibió en Pentecostés para llevar a cabo su misión de Madre universal de los creyentes) “la induce a ofrecer la ayuda de su corazón materno a todos aquellos que se encuentran en camino hacia el pleno cumplimiento de Reino de Dios”.

Consciente de los dones recibidos, María comparte con los creyentes la actitud de obediencia filial y de profunda gratitud, alentando a todos a reconocer los signos de la benevolencia divina en la propia vida.