NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN

Esta nueva relación recoge las diferentes advocaciones veneradas en España, extraída de un Ïndice anterior que la autora registró con su correspondiente Preámbulo, bajo el título de España y los Nombres de la Virgen. (D.L.M. 1980). Por razones de brevedad, y considerando primordial la significación del Nombre Mariano, se evita ahora repeticiones y datos que ya constan en aquel, aunque sí se anota el número de nombres iguales, que pone de manifiesto la preferencia popular por determinada advocación; (Asunción, 288; Rosario, 190; etc.). Los artículos y preposiciones que figuran entre paréntesis, en el enunciado de algunas advocaciones, pueden omitirse, según uso en cada época o localidad, como en los casos de la Virgen “de (la) Cogullada”, o “(de) la Piedad”. Por tratarse de un extracto de la misma obra, se incluye aquí el citado preámbulo, que sirve también de introducción a la presente lista. (Al final de ella se añade una serie de veneraciones extranjeras).

Madrid, Mayo 2004

PREÁMBULO

(Índice alfabético de advocaciones españolas, y de algunas extranjeras relacionadas con España) Marianismo.- Tradición.- Arte Religiosa: Imágenes y su defensa.- Advocaciones y su significación.

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e ha dicho que la religión no es mera faceta de nuestro pueblo, sino su condición esencial. Igualmente puede afirmarse, parodiando la frase, que el marianismo no es mera faceta de nuestra religión, sino su condición esencial; lo cual no significa una consideración prioritaria de lo mariano sobre lo divino, sino su reconocimiento como medio necesario de llegar a lo divino. La Mediación Universal de María no tiene otro objeto: traernos a Cristo y llevarnos a Él. Es Dios, Quien ha dado a la humanidad este cauce y el pueblo español ha sabido adentrarse en él con rectísimo sentido. Con este condicionamiento mariano se ha desarrollado nuestro concepto de universalidad, y formado una conciencia nacional típicamente evangelizadora, que constituye la razón de ser de España en el mundo. Una Maternidad humana, que es a la vez divina, no puede menos de exigirlo así, y por eso la historia patria es también historia universal e historia de la Iglesia; se manifiesta en las claves principales de nuestro propio desenvolvimiento y de nuestras relaciones con Europa y con el mundo: bajo el signo mariano se realiza la Reconquista, que es toda una gesta de Santa María, desde su primer altar en Covadonga hasta su templo de las Angustias, que sustituye en Granada, a la última mezquita; bajo el signo mariano se descubre el Nuevo Mundo: la Empresa se acoge, en la Rábida, al Patrocinio de la Virgen de los Milagros, y misioneros y conquistadores despliegan esa ingente constelación de Nombres que circunda la tierra; bajo el signo mariano se defiende en Lepanto la cristiandad europea: Roma y España, aliadas en el Rosario, alcanzan una Victoria santa, porque junto a la fuerza de las armas, vence la fuerza de la Fe.

          Pero hay un cimiento, tan sólido como profundo, que sostiene todo el edificio de nuestro marianismo: la Venida de la Madre de Dios, en su vida terrena, a este suelo, en el que profetiza una fe perdurable y del que recaba graciosamente el cumplimiento de aquella otra profecía, también proclamada por Ella: “Me alabarán todas las generaciones”: (¡Noble oficio para un pueblo, tanto más glorioso cuanto más vasallo suyo!).

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radición solamente?

La predicación de Santiago en España, sellada por la Visita de la Virgen, está en efecto recogida en nuestra gran Tradición, y como tal, aceptada por la propia Iglesia, y explica el origen apostólico de nuestro cristianismo con la impronta mariana, que es como la marca de fuego de todo su culto. Sin buscar los apoyos de Josefo y de Prudencio, para insistir en este origen, parece que la herencia santiaguista está suficientemente confirmada por la antigua y acendrada devoción al Apóstol, al que consagra ermitas y catedrales, Órdenes y Cofradías, pueblos, ciudades y hasta la misma Nación. Todo esto, y el carácter universal de las innumerables peregrinaciones jacobeas, no puede sustentarse sobre una duda, sino en la convicción inquebrantable que no necesita demostraciones. No se trata de hacer afirmaciones al margen de la historia, sino de considerar con lealtad lo que la misma historia no contradice, iluminando penumbras con la luz de las consecuencias y evitando por el contrario, que la negación sistemática, irrazonada, aumente la oscuridad. Si Baronio y Natal no admiten esta tradición (que tampoco refutan) San Isidoro y otros historiadores, con la doble autoridad de su ciencia y de su santidad, la reconocen; y un pueblo entero lleva en su espíritu esta certeza, por la cual arraiga más y más la Fe cristiana, y se desarrolla, hasta salirse de los límites patrios, para extenderse por el mundo con el mismo estilo.

Completa y acredita a la narrativa histórica, consignar entre otros, el aspecto religioso, que no es el menos importante. La consideración racionalista de la historia, con expresa exclusión de la Fe, no es suficiente para penetrar en el núcleo espiritual que da sentido a las acciones humanas (y nuestra historia está cargada de motivación religiosa); por otra parte se automutila quien observa el campo de lo histórico con la óptica reducida de su sola razón, contemplándolo sin nitidez, al prescindir de la luz y graduación que le aportarían sus demás facultades: porque el hombre está dotado de razón, pero también de Fe; de voluntad, pero también de conciencia: dones, que lejos de ser independientes, se apoyan y nutren en ideal simbiosis. Este equilibrio no puede ser destruido ni descompensado, si se pretende la acción eficaz o el juicio certero en el ejercicio de la vida.

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o que puede llamarse fenómeno mariano español, pertenece naturalmente al ámbito de la fe (ya sea ésta dogmática, por lo que se refiere a los misterios declarados, o libre, por lo que toca a la tradición de su origen); pero se hace también cuestión de historia, y aquí, el testimonio material es tan abundante, que el hecho mariano es además, cuestión fundamental de arte. Por eso es tan dañina la actual corriente antimariana que ataca en la médula y desde todos los frentes a nuestro patrimonio tradicional: desvirtúa la esencia de nuestra historia, pervierte la costumbre sana de nuestro pueblo, y por muy revestida que aparezca de celo teológico, lleva siempre en sí acción ateizante, que como consecuencia lógica, se patentiza en la práctica de modo simultáneo: se ha criticado un exceso de veneración a la Madre de Dios, en razón de la supremacía del Hijo, han sido arrumbadas sus imágenes y reducido su culto; pero el Hijo Sacramentado, también disminuido o privado del suyo, ha sido arrinconado en su propio templo, el cual, desnudo de todo signo material de fe, queda convertido en lugar funcional para que se reúna la asamblea; porque también se pretende que la riqueza y ornamentación de las iglesias no está conforme con la aconsejada pobreza evangélica; se ha olvidado el salmo que canta la belleza en la Casa de Dios (“He amado la hermosura de tu casa y el lugar donde reside tu gloria”) y otra corriente, la del feísmo, ha soplado con fuerza en nuestros templos, barriendo de ellos el arte, que desaparece, también inmediatamente, de nuestra cultura, y cesa su altísima misión de ayudar a las sociedades en su desarrollo integral: porque al fallar el sentido de lo bello, se socava el del bien y el de la verdad, pues estos tres principios, rectores constantes del alma, son reflejo de esa esencia trinitaria, indisociable y simplicísima, de Dios, que es Verdad, Bondad y Belleza: realidades esenciales, y al mismo tiempo interdependientes y calificativas unas de otras.

            Es necesario valorar la función estética en el aspecto religioso precisamente; que nuestras imágenes no se exhiban sólo en el museo, como símbolo de una fe y una cultura muertas; la imagen, vehículo material de lo religioso, es muchas veces elemento indispensable para individuos y colectividades, y no indica forzosamente imperfección o inmadurez en la fe, sino quizás al contrario: hay ejemplos de ello. Hoy como siempre es oficio del arte, ofrecer con la máxima belleza la efigie y el lugar destinado a su culto. Nuestros artistas, además de documentarse sobre el tema, hacían oración y penitencia antes de poner manos a la obra; así se explica, que aun efigies de ejecución muy primaria, hagan olvidar su desproporción y tosquedad, porque llevan impreso tal sello de unción, que logran elevar el ánimo (intención primordial del artífice religioso).

           Este ejercicio de comunicación entre lo espiritual y lo material, propio de las artes, se ha realizado ejemplarmente en nuestra Patria, pues a la vez que interpretación del pensar y del sentir generales, ha sido lección continuada de teología profunda, sencillamente dada y sencillamente aprendida en nuestros pueblos, tan típicamente imagineros. (Los célebres “pasos” procesionales andaluces, condensan y detallan toda la Pasión de Cristo, sin un desvío doctrinal; con todo el realismo del dolor, pero con toda su significación cristiana, sin asomo de desesperación; el Misterio Inmaculista, está insuperablemente representado en la pintura española; …). En esta recíproca relación arte-pueblo, o si se quiere, círculo vicioso, se ha fraguado el acervo de costumbres seculares, acogidas por la Iglesia, pues no se trata de mero “folklore”, y menos de superchería, sino de la manifestación pública de una religiosidad sincera; es evidente que nuestro pueblo jamás se ha equivocado, al proclamar con intuición admirable el misterio mariano y al pedir, con el empeño apostólico que lo caracteriza, su veneración universal. Aquí se cumple verdaderamente el célebre adagio latino “Vox populi, Vox Dei”; es en efecto, la voz de esa gran fe llamada “del Carbonero”, tan denostada hoy en nombre de una fe adulta, consciente y comprometida con el mundo moderno, pero que es la fe auténtica, que no yerra porque viene de Dios, no de la vanidad intelectual humana; es la fe que Cristo alabó en San Pedro, la fe de los niños, sobre la cual, sin abandonarla, ha de desarrollarse la fe adulta y consciente, con la que el hombre debe comprometerse, por encima de cualquier otro compromiso temporal.

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as advocaciones que van acumulando los pueblos en el elenco mariano no son idea o creación de los hijos para honrar a su Madre, sino el descubrimiento paulatino de los títulos previamente concedidos por Dios a su Elegida, y la definición de cada faceta que tiene como criatura, “en todo semejante a nosotros menos en el pecado”. La Coronada como Reina de la Creación, lo es por tanto, del Sol y de la Luna, de cada Monte o Valle, Mar o Río, Aldea, Calle o Plaza, Nación o Continente; la Perfecta entre las criaturas, es con razón, Luz y Guía de todas ellas; la Mujer, sujeta como humana al sufrimiento, es también Dolorosa, Injuriada, Soledad y Olvido; y hasta se la invoca como Refugio de Pecadores, ¡menguado título! que Ella convierte en Madre del Perdón y de la Misericordia. Hay otros nombres de apariencia poco digna, que el pueblo le atribuye con certero instinto: Virgen de la Fiebres, Virgen de la Rabia (Hidrofobia), …, que no hacen sino patentar la semejanza de la Madre con el Hijo, al tomar sobre Sí, las miserias de la humanidad, para librarla de ellas; en realidad y en la mente del pueblo, subyace implícito el título de Remediadora de tales miserias; hoy como siempre, en tono de alabanza o de súplica, el pueblo pronuncia nombres, que la Iglesia va reconociendo, y que la iconografía traduce en el modelo más adecuado a cada circunstancia de la vida individual y comunitaria.

          La imagen de la Madre con el Niño no faltó desde los primeros tiempos del cristianismo, plasmando la principal definición mariana: la de Madre de Dios; así aparece ya en el siglo II, en las catacumbas de Priscila, de Roma; también se la representa en figura sola, sin Niño, con las manos extendidas, cómo La Orante (Contemplativa e Intercesora) en aquellas circunstancias en que tan necesario era, para mártires y supervivientes, la fortaleza en la Oración y el Consuelo y la Esperanza en su Maternidad. En el principio aparecen pues, las representaciones de sus misterios (guardados por la tradición hasta lograr su proclamación dogmática); y partiendo de estas dos definiciones básicas (Maternidad y Mediación) que encierran todas las demás, el tiempo sigue desenvolviendo ante las generaciones, la imagen de la que es la más fiel imagen de la Divinidad.

           En nuestra primera época cristiana, la advocación común es sencillamente la de Santa María y se representa como Reina y como Madre, en efigies semejantes, casi repetidas, según el modelo de Virgen Entronizada y a su vez, Trono de la Sabiduría, con El Niño sobre sus rodillas. Sin variar apenas esta figura iconográfica procedente del período romano, las denominaciones (más significativas que la imagen) se multiplican progresivamente, mientras avanza la época caballeresca medieval, en que al lado de las famosas “Majestades” y Vírgenes de la Sede (fundadoras de Catedrales) se extiende y profundiza el Misterio de la Asunción, materializado en la figura sola de la Virgen, y a cuya gloria habría de elevarse la mayor parte de los templos españoles; y van surgiendo advocaciones de tipo costumbrista: La Conquistadora, La “Socia Belli”, y todas las representadas en imágenes arzoneras, cuando las armas eran profesión obligada de aquellas sociedades en lucha; la del Coro, de la Sacristía, del Dormitorio, de la Huerta, del Pozo, de la Fuente, en el reducto de la vida monástica y campesina; la de los Reyes, de los Consejeros, de los Navegantes, de los Pescadores, de los Zapateros, de los Cómicos, de los Trovadores, de los Niños, de las Dueñas, de los Caballeros, de los Mendigos, de los Locos (Inocentes), de los Desamparados …, en los distintos estados y profesiones de todos los tiempos; y Ella misma es llamada la Enfermera, la Portera, la Marinera, la Galeona, …; y se la intitula Señora Feudal, Capitana General, Prelada, o Alcadesa. Todo cabe en el Nombre Mariano: lo que se refiere a sus misterios (Concepción, Coronación), a la esencia de su santidad (Sabiduría, Poder, Amor y todos los dones de las Personas Divinas), y a su providencia sobre los hechos humanos (Nª. Sª. del Descubrimiento, del Buen Consejo -Patrona de los Consejos Imperiales- proclamada por Carlos I, la Juradera, …); las denominaciones toponímicas (de Guadalupe, de Armenteira, …); las que por aglutinación de palabras, inician o condensan frases (de I-no-dejo, de Ten-tu-día, de Norabuena-lo-pariste, …) referentes a distintas circunstancias; etc. En todas las alternativas de la historia, y como su símbolo y conmemoración, se venera de modo especial a la Virgen de las Batallas, del Asedio, del Triunfo, de la Paz; y se repite el nombre de Virgen de los Mártires. Recientemente ha canonizado la Iglesia, la advocación de Nª Sª. del Alcázar de Toledo, consagrando “Alcázar” como nombre de bautismo; (ver Virgen del Alcázar).

¡Sí es verdad la epopeya de antaño, que en la lejanía del tiempo nos parecía leyenda!. Hemos vivido en la última Cruzada (1936-1939) como calcados de las viejas tradiciones, los hechos de la nueva historia, siempre a la sombra de lo mariano, repitiéndose su Auxilio cuando fallan las fuerzas humanas, y en circunstancias que no explica del todo la razón: otra vez, el grupo escaso y sin recursos vence o resiste asombrosamente al contrario, potente y numeroso; otra vez, los sitiados salen ilesos, de entre los escombros de la secular fortaleza, destrozada sobre ellos mientras oran ante la Inmaculada, en el único torreón que queda en pie; otra vez la significativa fecha mariana es el marco en que se lleva a cabo la hazaña irrealizable, ante la pasividad y ceguera incomprensibles del enemigo vigilante (Virgen de África); el escapulario que detiene la bala en el pecho del soldado; unas bombas que no estallan (V. del Pilar); y otra vez, el pequeño episodio legendario, que se cuenta de cualquier santuario: la imagen de la Virgen impíamente destrozada, cuyos pedazos arrojados al río por dos veces, se remansan agrupados por la corriente, y pueden ser rescatados a escondidas, para restablecer la misma veneración a la misma imagen, al final de la contienda (Virgen de Lepe). Son solo unos ejemplos, de lo que ocurre sin embargo, de la manera más sencilla y natural; pero todavía sucede algo más admirable: el heroísmo del mártir, el perdón generoso, el grito confesional ante la muerte; y la conversión sincera. Es la fe solamente, la que puede explicar la trascendencia de tales hechos, que no deben quedar oscurecidos por otras culpas, ciertas, inherentes a la naturaleza humana, sino que han de redimirlas, y han de ser siempre ejemplo del futuro.

           En las advocaciones más modernas, se consagra a la Virgen, los nuevos estilos de la vida y de la técnica: Virgen del Aire, de las Milicias Universitarias, del Estudiante, de la Carretera, de los Conductores; nada hay ajeno a su protección ni a su dominio; todos los títulos quedaron ratificados por Ella, con aquel “quiero ser venerada aquí”, que desde las orillas del Ebro, multiplicaron los siglos, en miles de ecos y en miles de lugares (cumbres, cuevas, prados, …) convertidos en santuarios por reyes y pastores afortunados que supieron escuchar … Lo metafórico de la expresión no desvirtúa los hechos; a causa del advenimiento de los árabes, el suelo español se iba convirtiendo en panteón de imágenes, que los cristianos escondían para evitar la destrucción y las profanaciones, y que en sus huidas más o menos precipitadas, de las masas invasoras, improvisaban en frondas o troncos de árboles, pozos, o sencillamente bajo tierra; (hay que reconocer sin embargo, cierta tolerancia de culto, no públicamente manifestado, y retirado a las afueras de las poblaciones, durante los ocho siglos de dominación musulmana, en los que se mezclaban la lucha y la convivencia: y son citados algunos templos, en los que más o menos pobremente, jamás se interrumpió la veneración mariana y por tanto, el culto divino). También son citados casos de ocultamiento de imágenes (que otros niegan) ante la invasión de los bárbaros; (y los hubo igualmente durante la invasión francesa, más bien, para preservarlas del pillaje y del saqueo de los templos; y en nuestra última República, por la progresiva persecución religiosa). Con el tiempo, reyes y caballeros en acciones de guerra o en cacerías, y más frecuentemente, las gentes del campo al realizar sus faenas, iban descubriendo las efigies escondidas, y se establecía en cada lugar del hallazgo, nuevo centro de culto; (surge otra metáfora: la de la Resurrección). Ahí están pues, los hechos de quienes no temían excederse en la alabanza mariana, comprendiendo que si Dios proclamó ante un mundo en culpa, a la Enemiga y Vencedora del poder infernal, a la Madre del Linaje Reconciliador de Dios con la humanidad, esta humanidad jamás dirá bastante sobre Ella, rimando sus voces con la del mismo Dios.

           Resulta significativo el elevado número de santuarios marianos consagrados en España, precisamente “por mandato o deseo expreso de la Virgen”, según manifestación de los descubridores de sus imágenes. Realmente, la Madre de Dios es la única Criatura que puede expresar con toda verdad, propiedad, dignidad y virtud, este deseo de veneración, fiel imagen del deseo divino de adoración, y que conduce indefectiblemente a la adoración. Y para que no falte la alabanza humana a la Virgen, precisamente en su voluntad de ser venerada, existe ratificada por la Iglesia, la advocación de “Bego-Ona”, palabra vascuence que significa “Quiero-Aquí”, esto es, “Quiero ser venerada en este lugar”; (Virgen de Begoña).

           Con todo lo expuesto, queda ya explicado el motivo de este índice o recopilación: la Nómina Mariana expresa por sí sola, el sentido religioso español, y su implicación en la historia, a pesar de fallos y épocas de sombra; y así se destaca en la forma sencilla de lista alfabética de advocaciones; no se trata, por tanto de un catálogo de obras de arte (imágenes o santuarios) aunque la relación artística resulte imprescindible como soporte de aquélla. Por otra parte, la clasificación del elemento material, considerado aquí secundariamente, es competencia de la arqueología, y desde luego, convendría precisarlo, para adecuar con la mayor exactitud, la historia del arte a la historia de la fe.

MÉTODO

           Cada advocación se complementa, de manera sucinta, con algunos datos relativos a sus circunstancias, obtenidos de diversas fuentes, y distribuidos en 7 apartados, según el siguiente orden: 1) Sinonimia; 2) Patronazgo; 3) Categoría del Santuario; 4) Localidad; 5) Historia, Tradición y Leyenda; 6) Día de celebración anual; y 7) Uso como nombre de bautismo. Esta ordenación se altera a veces, según lo requiera el texto del apartado 5) que por su índole incluye algo de los otros, resultando forzosamente, más extenso; los apartados 6) y 7) se explican por sí mismos; y los demás requieren alguna puntualización.

           No todos los datos propuestos han podido ser cumplimentados y a veces aparecen contradictorios, pero han sido transcritos según la bibliografía consultada, y quizá sean orientadores para un estudio ulterior, más exacto y profundo, de la historia de cada advocación: tanto las omisiones como las contradicciones, pueden ser subsanadas a medida que la investigación lo vaya descubriendo. (Queda por tanto esta Lista, abierta a nuevas inclusiones y a necesarias enmiendas, que la honrarían, y que serían acogidas con especial agradecimiento; porque no es, ni puede ser, un índice acabado, y siempre habrá de completarse con nuevas advocaciones).

           Para la alfabetización, no se tiene en cuenta la preposición ni el artículo, sino sólo el nombre o el adjetivo que designan la advocación. Los nombres extranjeros se escriben como se pronuncian, según el criterio de la Real Academia Española.

          Las advocaciones principales van encabezadas por los correspondientes preámbulos, que en forma de “Generalidades”, exponen algo sobre su historia, extensión del culto, y representación iconográfica; sigue después la serie de nombres repetidos venerados en las distintas localidades, agrupando éstas por provincias, dentro de cada región.

          Entre las advocaciones, son alfabetizados los principales atributos que acompañan a las imágenes (libro, manzana, pájaro,…) explicando brevemente su simbolismo; y otras atribuciones marianas de diversa índole (Ángelus, Salve, Sábados,…) así como algunas Órdenes y Congregaciones.

           ADVOCACION.

           La forma en que se presenta aquí el Nombre o Advocación, no parece adecuada en ciertos casos, en cuanto al uso de artículos y preposiciones; por ejemplo: Virgen de la Aparecida y Virgen de la Bella, deberían expresarse como Virgen Aparecida y Virgen Bella; igualmente, una expresión como “la Anunciación de Nª. Sª.”, debería sustituirse por “Nª. Sª. en la Anunciación”, o “Virgen de la Anunciación”, pues aparte de que fue el Angel el anunciante, no es la circunstancia el objeto del culto, sino la Persona en cada circunstancia; sin embargo, por tratarse de detalles gramaticales que no inducen a otros errores, se ha respetado en este Indice, el modo que ofrecen la costumbre popular y la bibliografía consultada, a no ser que la existencia de varias formas, permita escoger la más correcta. Únicamente, en lo que se refiere a la ceremonia de la Purificación, se adopta aquí exclusivamente, la forma de “Virgen de la Purificación”, para no incurrir ni siquiera literalmente, en el despropósito que supone el mero enunciado de “Purificación de la Virgen”.

          Esta Lista incluye toda clase de advocaciones:

          A: las debidas al uso popular, que necesita la diferenciación añadiendo al nombre mariano las características de la efigie (Sta. María la Grande), de la iglesia (Sta. María la Vieja), o de su emplazamiento (Sta. María del Mercado); y las que pueden llamarse raras, por su significado, o por no haber de ellas mas que un solo caso.

          B: las que pueden llamarse importadas, por no tener origen español; por ejemplo aquéllas, cuyas efigies fueron traídas por los Cruzados desde Palestina (Virgen de la Piscina); o la llegada por mar desde Inglaterra hasta las costas gallegas en el S. XVI (Virgen del Lebrel); o las más modernas (Lurdes, Fátima) tan rápidamente arraigadas y extendidas, que se veneran aquí como propias; y las de muy reciente introducción (Virgen de Walsingam, inglesa, y la de Chestokova, polaca) entronizadas en la catedral compostelana, en 1954 (Año Mariano Universal y Año Jubilar de Santiago) con el deseo expreso de que se ruegue, precisamente en España, por las respectivas Naciones.

          C: las que teniendo origen español, son veneradas actualmente fuera de España: Continente Americano, Archipiélago Filipino, y otros países de misión española, o que dependieron de nuestro Imperio.

           Resulta imposible desglosar de esta recopilación tales advocaciones, si se entiende por España, más que la actual dimensión geográfica, la dimensión espiritual formada por los españoles de todos los tiempos, que en su tierra o fuera de ella, han contribuido a manifestar el carácter universal del marianismo, dando lo que es propio y acogiendo lo que puede suplir carencias; pero a mayor abundamiento, aparece justificada su inclusión, en el subtítulo de este Índice, que alude expresamente a las advocaciones relacionadas con España.

          Por el contrario, se ha evitado la repetición exhaustiva de advocaciones universales y muy conocidas (Asunción, Inmaculada, Carmen, Dolores, Pilar, Rosario, …). También se ha prescindido, salvo en algunos casos, de la denominación simplemente expresada como Santa María (innumerables parroquias están así dedicadas) y de las designaciones puramente geográficas, a no ser que la toponimia haya vinculado su nombre al de Sta. María con propósito de veneración, convirtiendo así el nombre geográfico en advocación especial, caso muy frecuente debido a varios motivos: la norma cisterciense de consagrar a María cada monasterio de la Orden, asociándole el nombre de la localidad (Sta. María de Osera); o el hallazgo de una imagen en el lugar cuyo nombre se quiere perpetuar (Sta. María de Nájera).

La expresión toponímica “Santa María de …” es muy frecuente, sobre todo en Galicia, que ostenta un sesenta por ciento, con respecto al resto de España; y a veces es difícil esclarecer, cuándo da origen a la toponimia, o cuándo lo recibe de ella. La toponimia mariana aparece casi siempre entrecomillada, para distinguirla de lo que es advocación propiamente dicha; por ejemplo: la Virgen del Pilar de la Horadada se venera en la localidad llamada “Nuestra Señora del Pilar de la Horadada” (Alicante); del mismo modo ocurre con los topónimos alusivos a los santos: la parroquia de San Martín pertenece a “San Martín de Valdeiglesias” (Madrid); etc.

          No se reúne pues, en este Indice, el número total de advocaciones que existen en España, pero se ha procurado registrar todos los nombres diferentes, incluyendo, de los raros y poco frecuentes, todos los casos posibles; en el total de advocaciones reseñadas, que excede de 11.500, se incluye un conjunto de unas 3.500 denominaciones distintas, recopiladas hasta hoy, pues continuamente surgen nombres del polvo de los siglos, o nacen a la historia de las advocaciones. (Sería interesante la estadística que considerase cada aspecto del nombre mariano: histórico, geográfico, costumbrista; el que representa estados de ánimo, entes inmateriales; árboles, animales, y otros elementos de la naturaleza; objetos; etc.; y los ya citados de virtudes, frases, o caracteres de templos y efigies).

          DATOS.

          1) Sinonimia.- Inmediatamente después de la advocación, se consigna entre paréntesis la sinonimia, que a veces es sencilla y real (Angustias=Dolores) pero otras, tan numerosa y heterogénea, que concentra en una sola imagen diez o más nombres de significado dispar, alusivos a múltiples acontecimientos. (La Virgen de Pamplona es conocida en su historia con diez apelativos diferentes; la Virgen del Rosario, de Tamarite de Litera (Huesca) tomó en el siglo XIX, la denominación de Virgen de la Peste, por el cese instantáneo de esta epidemia, al invocar el pueblo ante la imagen, con masiva y ferviente súplica). Estos motes populares enriquecen la nomenclatura, aunque a veces enmascaran la advocación principal: la Candelaria (Virgen de la Purificación), la Moreneta (Virgen de Montserrat), la Macarena (Dolorosa) etc. El caso inverso, es el que materializa un solo nombre en representaciones distintas: la Virgen de la Esperanza puede ser la Madre que aguarda el nacimiento de su Hijo, o la Dolorosa, que con el manto verde y la simbólica áncora, alude claramente a la segunda virtud teologal. (Las manifestaciones iconográficas, por diversas causas, resultan a veces poco representativas: la Soledad con Cristo muerto, aún sobre sus rodillas; o la Virgen de la Esperanza, con el Niño, ya en sus brazos).

          2) Patronazgo.- Se hace constar todo tipo de patronazgo, aunque a veces no esté todavía sancionado canónicamente, sino sólo en la vida oficial o en la costumbre popular; más tarde o más temprano, la Iglesia acaba reconociendo toda veneración auténtica y respeta al máximo la voluntad de los pueblos en esta materia: la Constitución del Papa Urbano VIII, de 25-Marzo-1630, prescribe que “la elección de los Patronos de iglesias y de pueblos, debe hacerse por sus habitantes, con el consentimiento del clero secular y regular, y de los obispos respectivos”, lo cual era una costumbre muy arraigada, hasta que llegó a ser ley canónica (Canon 1276) pues siempre, la Iglesia ve en el pueblo al Pueblo de Dios. El patronazgo se extiende a ciudades y naciones; a gremios y entidades públicas (ciclistas, abogados, cuerpos militares, sociedades médicas y mercantiles, …); a bienes y propiedades (campos, cosechas, rebaños, …). Entran en esta titulación patronal, otros apelativos, como Reina de …, Madre de …, y los de Protectora, Abogada, etc., especialmente dedicados en circunstancias de catástrofe general (calamidades climáticas, epidemias, etc.).

          3) Categoría del Santuario.- Se apunta escuetamente con su solo nombre, el lugar destinado al culto, desde humilladero o ermita, hasta catedral. Este dato se amplía algo más en el quinto apartado, con algún detalle sobre su historia (si se erigió en monasterio, si perdió o adquirió carácter de parroquialidad, etc). En cuanto a la denominación de basílica, sabido es que no siempre corresponde con exactitud, canónica o arquitectónicamente, a ciertos santuarios marianos, pero el uso general se lo atribuye; lo mismo sucede con las antiguas colegiatas, cuyo nombre siguen ostentando después del año 1851, en que fueron suprimidas. A veces falta este tercer dato, por no existir lugar de culto propiamente dicho; pero la veneración existe, representada por la imagen sola con su nombre, que en una hornacina o ménsula, preside calles, caminos, fuentes públicas, etc., y a la cual, tributan el culto mínimo de una jaculatoria, quienes pasan ante ella; la imagen que se hallaba sobre la puerta de Santa María, de las antiguas murallas de Valladolid, recibía únicamente, el devoto saludo de los abastecedores de agua a la ciudad, que entraban y salían por allí en los menesteres de su oficio; tal costumbre, que no dejaba de ser una veneración a la Madre de Dios, determinó el título de Virgen de los Aguadores para aquella efigie, y fue causa de que la devoción se generalizase, y de que fuera proclamada Patrona de la ciudad, con la nueva titulación de Virgen de San Lorenzo.

          4) Localidad.- La bibliografía consultada omite a veces el lugar geográfico del santuario, o lo expresa solamente como antiguo condado, de difícil delimitación actual; o cita una advocación lacónicamente, como “venerada en la edad media”; o nombra lugares despoblados, vagamente incluidos en una comarca, aumentando la confusión, con la sucesiva modificación de las entidades administrativas; si la advocación ha tenido mucha celebridad es fácil localizarla hoy; pero si se trata de veneraciones raras, perdidas en lugares remotos, y que han sufrido los avatares revolucionarios, es casi imposible recuperar la memoria de su localización; en los dos últimos siglos, la impiedad de incendios y destrucciones, ha dado fin a muchas de ellas, con pérdida irreparable de archivos y documentos; por eso se cita aquí, aun a riesgo de caer en lo monótono y en lo obvio, el partido judicial y la provincia (que constan juntos entre paréntesis) y si es posible, el accidente del terreno en que se asienta, o asentó el santuario: cerro, borde de un camino, ribera de un río, peña, etc.

          5) Historia, Tradición, Leyenda: Imágenes y Santuarios.- De los detalles, más o menos prodigiosos que narran las leyendas y las tradiciones locales, es preciso extraer con criterio interpretativo, lo que puede haber de verdad, y deslindar lo natural de lo sobrenatural y de lo milagrero. Cuando la bibliografía trata de apariciones, casi siempre hace referencia al hallazgo de las efigies que los cristianos escondieron a los ojos de los perseguidores, y no hay en ello nada de extraordinario; otras veces, se refiere a apariciones místicas de la Virgen a sus videntes (la Virgen de la Saleta, la Milagrosa, …); y finalmente hay relatos fantásticos, sobre el lugar prodigiosamente señalado para la erección de un santuario, por el peso misterioso de la imagen, que impide todo traslado, o por su “escapatoria” al lugar elegido para su culto; y otros, de índole más subjetiva (sueños, resplandores, tañidos de campanas invisibles, …) que indican lo sagrado de un lugar, induciendo a la búsqueda de algo, que resulta ser la imagen de la Virgen: tales relatos, a menudo farragosos y mezclados con leyendas diferentes, complican la interpretación correcta de los hechos y entonces es preciso valorar de todo ello, lo único que importa: la realidad de una veneración, prescindiendo de lo que puede ser adorno poético, con que la ingenuidad popular envuelve el objeto de su devoción y de lo que ha ido acumulando una bibliografía poco crítica; sin embargo, hay que considerar con respeto, lo que no yendo contra la Fe, pertenece al dominio de la conciencia ajena, y seguir la actitud prudente de la Iglesia, para no arrancar violentamente con la envoltura, a veces muy adherida, el culto popular, y en consecuencia, la fe apoyada en ese culto. En cuanto al repetido comentario de las imágenes hechas por San Lucas (el Evangelista) y otros semejantes, son realmente impropios aplicados a las actuales representaciones iconográficas, aunque pudieron convenir al primer eslabón de una cadena de efigies, que sostiene el culto desde los tiempos apostólicos hasta el día de hoy: no es absurdo suponer que los Apóstoles dejaran imágenes en los lugares de culto que establecían, como testimonio de predicación y de conversión y como estímulo de veneración. Pero si no existen estas imágenes apostólicas, que nos hagan palpar los primeros años del cristianismo, sí se conserva el otro testimonio material que es el templo: aunque la Iglesia nació como grupo humano (esto es fundamentalmente la Iglesia) y hubo de crecer en el medio hostil de la persecución, desarrollada paralelamente, tuvo desde el principio lo que era a la vez, lugar de reunión y lugar de culto: este primer monumento germinó en el fondo de la madre tierra; lo constituían las Catacumbas, y aun antes de salir a la luz para hacerse visible ante el mundo, contó con los imprescindibles signos materiales, pobres e imperfectos por las circunstancias de aquellos cristianos, pero ciertos: ya se ha citado la representación pictórica de la Virgen, en las Catacumbas de Priscila, como obra del siglo II.

Por lo que toca a España, se repite que no es propósito de esta recopilación, sancionar la autenticidad sobre efigies, santuarios, o relatos; solamente se expone cierto número de datos que la bibliografía proporciona, como testimonio de una veneración, aunque no precisen rigurosamente detalles de cronología y otras circunstancias. (En cuanto a la descripción iconográfica, inevitablemente reiterativa, podría suplirse o al menos complementarse, con ilustraciones en color, y no se excluye esta posibilidad: sería un desfile grandioso de las expresiones y actitudes que el arte ha interpretado, del rostro y la figura de la Madre de Dios, según ese genuino estilo español, que aúna el realismo con un sentido espiritual profundo; el señorío y la gracia popular; la tristeza, la alegría, o la ternura, con la santidad; todos los matices de lo humano, tan trascendidos a veces de divinidad, que admira esa facultad del artista que logra expresar con la materia, lo que la sola imaginación apenas puede vislumbrar; se necesita, indudablemente, la inspiración de lo alto).

           Solo queda manifestar mi agradecimiento a cuantas personas me han aportado datos y bibliografía, de manera muy especial al Padre Joaquín María Alonso, C.M.F., quien me abrió la Biblioteca de la Residencia de PP. del Corazón de María, dándome toda clase de facilidades; y a mi amiga, Dª María de la Concepción Salgado Rodríguez, por su excepcional generosidad, al poner a mi disposición los interesantes y documentados apuntes, de las investigaciones que está realizando sobre Galicia, su patria chica; porque la requisa bibliográfica ha sido mi labor casi única durante diez años de trabajo (que nunca consideraré acabado) aparte de alguna observación propia de poca relevancia. Por eso, esta Lista no tiene otro mérito personal que, acaso, el de la paciencia.

           Advertencia.- Si un trabajo de recopilación exime de responsabilidad a quien no hace sino transcribir datos, parece obligada en cambio, la selección de las fuentes; pero el criterio de espigar advocaciones dondequiera que existan, conduce necesariamente a la consulta de obras de toda procedencia, que aun ajenas a lo religioso, no pueden sustraerse a la mención del Nombre Mariano; Nombre que ha de justificarse con la búsqueda de los datos que lo acompañan.

                                                                              María de la Blanca Ruiz del Castillo y de Navascués.

Madrid, Mayo 1980.