24 de septiembre de 2003

Abogada defensora nuestra, permite que este pobre cristiano y Obispo, postrado con fe ante ti, intercesora de todas las mercedes, eleve una sentida plegaria que recoja las congojas que se esconden tras los muros de nuestras prisiones.

Madre de gracia, te presento con todo el cariño de que soy capaz la realidad de tantos hermanos y hermanas presos. Tú los conoces mejor que yo. Tú sabes bien de sus pesares. Yo sólo adivino detrás de cada rostro una historia única, singular e irrepetible, muchas veces construida a base de fracasos de los que ellos no son únicos responsables. Por eso, Señora de misericordia, no los juzgo, mucho menos los condeno: sólo deja que te los presente y pida para cada uno y para cada una un destello del desmesurado amor y de la sanante ternura de tu Hijo. Que haga despertar lo mejor de cada cual, aquello que, silencioso, pero presto para añorar, anida en el precioso hondón del alma donde se barrunta la divina fuerza capaz de enmendar los yerros más groseros.

Madre del Divino Amor, ¿quién, como tú, traspasada de impotente dolor, comoce lo que es tener un hijo preso? Tú, que sabes de lágrimas sorbidas en duros tragos de infortunio, de idas y venidas y de penas sin escucha, acoge el infinito sufrimiento de los familiares de los presos y de las presas. Hazlos fuertes, que nos les abandonen en la hora de la desventura. Y a nosotros, ¡oh, Señora!, haznos pacientes hermanos, cómplices de infinita ternura, de aquellos que no cuentan más que con su inmensa soledad.

Señora de todas las Gracias, no te puedo pedir por las prisiones, pero sí que cuides con cariño de quienes trabajan en ellas. Tú sabes de sus problemas y dificultades. Que la fuerza ilusionante de tu Hijo los anime y los ayude a no abdicar de la sagrada función de enderezar senderos tortuosos para que el esperanzado resurgir de una vida nueva pueda abrirse paso sin tropiezos.

Madre de la Víctima autoinmolada, Madre de todas las víctimas, ¿cómo no presentarte tanto dolor inútil, tanto sufrimiento absurdo de las víctimas de todos los delitos? Sé, tú, Señora Nuestra, su fuerza y su consuelo. Haz que seamos capaces de apoyarlas incondicionalmente, de reparar sus quebrantos, de lavar sus heridas y facilitar, al fin, que la indulgencia desbanque a la venganza. ¡Cómo no invocarte en esta hora, Espejo de Justicia restaurativa!

Nuestra Señora de los que no cuentan, fue la fuerza del Espíritu de tu Hijo la que le llevó a proclamar en Nazaret que el distintivo inconfundible de su misión es liberar cautivos y dar buenas nuevas a los excluídos. Intercede por los hombres y mujeres de nuestra Pastoral Penitenciaria; que, en íntima comunión con las Iglesias diocesanas, construyan una auténtica y audaz pastoral de justicia y libertad, que busque prevenir el delito, superar la prisión, reintegrar al preso y facilitar la reconciliación y la paz social.

Por eso, Madre de las Mercedes, deja que te presente también al sistema penal. Te pido con ahínco que no sigamos transitando por el camino de la venganza, del mero endurecimiento de penas, del “más de lo mismo” punitivo. Que la prevención social, el tratamiento, la reinserción, los derechos humanos y la reconciliación sean el norte y guía de nuestro ordenamiento. Madre del Amor Universal, pide a tu Divino Hijo que nos bendiga con torrenteras de Paz y Justicia, de ésas, con mayúsculas, que sólo regala el Todopoderoso.

Santa María, tú que a nadie pides papeles, ni consultas nuestros antecedentes, tú que cancelas nuestros “partes”, ayúdanos a conseguir no la libertad condicional, sino la verdadera libertad, la que brota de seres autónomos, responsables, solidarios y libres, imagen feliz de nuestro Creador.

¡Nuestra Señora de la Merced, intercede por nosotros!

+Joan Enric Vives Sicilia
Obispo de Urgell y
Responsable de Pastoral penitenciaria

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